Ayer mismo, un grupo de jóvenes activistas se manifestaba ante el parlamento belga y pasaba la noche allí acampado para denunciar la pasividad de los políticos y exigir acción urgente contra el cambio climático. Estas acciones protagonizadas por jóvenes en cualquier país del mundo se han convertido ya en cotidianas. Desde que la adolescente sueca Greta Thunberg iniciara sus huelgas climáticas los viernes en la puerta de su escuela, las movilizaciones han ido a más. Su reclamación es tan sencilla como justa pero, al parecer, muy difícil de poner en práctica. Su mensaje: queremos poder vivir en este planeta; no hay planeta B. Demasiados intereses económicos a corto plazo impiden que el cambio empiece.

También a España ha llegado este clamor juvenil por el clima y miles de jóvenes hicieron huelga el pasado 15 de marzo en lo que se denominó ‘el #15MClimático’. Esta marea no va a parar sino que irá en aumento, porque cada vez son más graves y visibles las consecuencias del cambio climático y de forma paralela crecerá la indignación.

Acabamos de terminar el invierno más cálido desde que hay registros. Las temperaturas son anormalmente altas y seguimos en la misma tónica. Lo grave no es esto, sino que la tendencia se mantiene: los últimos cinco años han sido también los más calientes en 150 años. Y lo que es peor, no estamos siendo capaces de contener el aumento de las emisiones que crecen año tras año a pesar de los acuerdos internacionales. La Península Ibérica es la región de Europa más azotada por el aumento de las temperaturas, por tanto debemos alzar nuestra voz con más fuerza.

Pero el cielo no puede esperar. La ciencia ha sido clara: las emisiones de gases de efecto invernadero deben reducirse a la mitad para el año 2030. El esfuerzo de descarbonización debe ser, por tanto mayúsculo y global. No hay otro camino.

La cuestión es cómo hacer ese recorrido posible en un mundo dominado por las políticas negacionistas de personajes tóxicos como Trump o Bolsonaro. El problema no es tecnológico, es político.Disponemos de la capacidad técnica para solucionarlo, pero no hay voluntad para hacerle frente.  La respuesta no puede ser otra que seguir hacia delante con políticas ambiciosas sin esperar a que estos personajes desaparezcan. Los hechos deben pasarles por encima como un tsunami y dejarles en evidencia. Para ello es imprescindible avanzar y hacerlo rápido.

Hay que tener en cuenta que estamos a las puertas de una nueva revolución industrial, la de la sostenibilidad. Todos los sectores deben cambiar y algunos deben hacerlo muy rápido. Aquellos países cuyos líderes opten por no moverse se quedaran fuera y perderán el tren de la nueva modernidad porque, insisto, el cielo no puede esperar.

 

(Artículo publicado en Público)