Esta semana un nuevo huracán ha azotado las costas del Caribe. En un tiempo récord, el huracán Maria alcanzó la categoría máxima mientras llegaba a las costas de Dominica en el inicio de su devastador viaje costero. Recientes todavía los terribles efectos del devastador huracán Irma, el Caribe sufre un nuevo golpe brutal. Cada año, cuando llega la temporada de tormentas tropicales y huracanes, los medios nos traen imágenes cada vez más dramáticas de sus efectos en las ciudades costeras. En esta ocasión, la virulencia del Irma y su potencial devastador parece no tener precedentes, calculándose en torno a 300 mil millones de dólares; los impactos del Harvey, unos días antes, han sido cuantificados entre 150 y 200 mil millones de dólares. Ciertamente la intensidad y frecuencia dependen en gran medida de la variabilidad natural: por ejemplo, el fenómeno El Niño influye mucho en las características de las tormentas tropicales. Sin embargo una vez más, el cambio climático causado por las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la actividad humana, es un factor imprescindible para explicar la intensidad y la fuerza de estos huracanes.
No cabe duda de que la invasión urbanística del espacio costero y llanuras de inundación ante unos huracanes cada vez más fuertes, hace también a las poblaciones más vulnerables a sus efectos, e influye de forma determinante en el aumento del número de víctimas. A ello se suma en muchos lugares la falta de prevención, ausencia de protocolos públicos de evacuación y de refugios en zonas o espacios en los que albergar las personas evacuadas. Pero vayamos a los datos.
Un vez más los datos del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático) son concluyentes al respecto: “las estimaciones de la posible capacidad destructiva de los huracanes muestran una tendencia ascendente sustancial desde mediados del decenio de 1970, con una tendencia hacía una mayor duración e intensidad, y la actividad está fuertemente correlacionada con la temperatura de la superficie del mar en el trópico. Estas relaciones se han reforzado con descubrimientos de grandes incrementos en el número y proporción de huracanes fuertes desde 1970, aun cuando el número total de ciclones y días de ciclón ha disminuido ligeramente en la mayoría de las cuencas. Específicamente, la cantidad de huracanes de categoría 4 y 5 ha aumentado en ≈ 75% desde 1970.
Hay un factor clave que potencia la intensidad de los huracanes del que nadie duda: el aumento de la temperatura de los océanos, que han capturado el 90% del calor adicional producido por el Cambio Climático en los últimos 50 años. Si a ello sumamos el aumento de la temperatura global que permite a la atmósfera retener más humedad (1ºC incrementa en un 7% la cantidad de agua en la atmósfera), las condiciones están servidas. Las altas temperaturas en la superficie del atlántico y la gran cantidad de vapor de agua en la atmósfera han sido el caldo de cultivo para los intensos huracanes de este último ciclo.
A lo anterior hay que agregar la acelerada subida del nivel del mar que, además es cada vez más rápida: desde los 1.2 mm año del periodo 1901 a 1990 a los 3,4 mm anuales de los últimos años. Este incremento del nivel del mar se suma al producido por el oleaje del huracán amplificando la zona inundada por el mar y sirviendo de dique a la escorrentía de las lluvias que lo acompañan.
A partir de ahí uno se pregunta cómo es posible que el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se pasee tranquilamente por las zonas afectadas en Texas o en Florida prometiendo una lluvia de dólares, cifras muy por debajo de las arriba mencionadas, sin que siquiera mencione el cambio climático. Desde luego estos huracanes no son un invento chino. Pero más allá de la profunda irresponsabilidad de Trump, la conclusión que debemos extraer de esta situación vuelve a ser la urgencia de acelerar las medidas contra el cambio climático globalmente, tanto de mitigación como de adaptación a los efectos del mismo. Los avisos de que estamos llegando a una situación cada vez más crítica se repiten, y la comunidad internacional no debería esperar ni un minuto más a adoptar medidas de urgencia.
La intensidad y fuerza de los huracanes en esta temporada es una nueva evidencia. Por sí misma no tendría valor alguno, pero la acumulación de evidencias es ya demasiado grande para ignorarla. Hemos vivido en España un verano marcado por las prematuras olas de calor, los incendios forestales y nuevos récords en temperaturas. Hace solo unas semanas, la que fue secretaria general del Convenio Mundial contra el Cambio Climático, Christiana Fiugueres, publicaba en la revista Nature un manifiesto en el que advertía que nos quedan tres años para cambiar la actual tendencia en materia de cambio climático y comenzar a reducir las emisiones. La propuesta que lo acompaña merece ser estudiada, puesto que desarrolla una hoja de ruta de seis puntos en sectores concretos que nos permitan alcanzar ese objetivo.
El sector de la producción de energía es clave en la propuesta de Figueres: plantea el ambicioso objetivo de alcanzar con energías renovables para el año 2020 un 35% de la producción energética global. En materia de transporte aboga por la expansión del coche eléctrico que debería alcanzar para el año de referencia (2020) un 15 % de las ventas mundiales. Detener totalmente la destrucción de las selvas y bosques tropicales, hoy tan amenazados, detener la degradación d elos suelos o impulsar las inversiones en energías limpias son otras propuestas que se impulsan. El tiempo pasa, y cada vez la necesidad de actuar es más acuciante. Pero las soluciones están ahí, y todavía es posible ponerlas en marcha.
La lucha contra el cambio climático es una emergencia global que ya no admite excusas. Es cierto que siempre hubo huracanes, pero no lo es menos que cada vez son más intensos. El Acuerdo de París debe ponerse en marcha de forma urgente, y todavía debemos ir mucho más allá. Hagamos caso de una vez de las recomendaciones de la abrumadora mayoría de la comunidad científica, y construyamos un modelo que nos permita vivir en la Tierra tal como la conocemos.

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