Recientemente se han publicado tres documentos suscritos por personas relevantes de la comunidad científica que, sin duda, deben hacernos reflexionar sobre la necesidad de acelerar la acción ecologista y su ámbito de influencia si queremos ser efectivos y frenar el deterioro galopante al que sometemos al Planeta.

“Tenemos tres años para actuar frente al cambio climático antes de que sea demasiado tarde”, publicaba en Nature un grupo de expertos y expertas liderados por Christiana Figueres, que hasta el año pasado era la secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Basándose en un informe de Carbon Tracker, fijan el 2020 como año límite para hacer posibles los compromisos de estabilización de las temperaturas adquiridos en el Acuerdo de París: si las emisiones globales continúan subiendo más allá de 2020, o se estabilizan al mismo nivel, o será imposible sostener los objetivos establecidos en París, que terminarían por convertirse en papel mojado.

Y para conseguirlo han establecido son una hoja de ruta con seis aspectos urgentes sobre los que actuar para cumplir con una serie de horizontes en 2020.

En materia de energía es necesario alcanzar el 30% de generación eléctrica global renovable; y eliminar del todo nuevos permisos para nuevas plantas de carbón, cerrando de forma progresiva las existentes. a ello añadimos nosotros el Imprescindible cierre nuclear

Las ciudades en que vivimos también deben apostar por un impulso decidido a la descarbonización de sus edificios e infraestructuras. Y en cuestiones de transporte al menos el 15% de las ventas globales de coches deben ser ya eléctricos, además de incrementar el transporte colectivo en las ciudades, llegar al 20% de aumento en la eficiencia de vehículos pesados, y reducir el 20% de emisiones en el sector de la aviación por km.

Las actuales emisiones procedentes de la deforestación y el cambio de uso del suelo suponen el 12% del total. Deben reducirse hasta cero si queremos convertir la reforestación en un sumidero de carbono para 2030, asimismo las prácticas agrícolas sostenibles pueden paliar también las emisiones actuales.

Otra pieza clave es la industria pesada (acero, hierro, cemento, química, petróleo y gas) intensiva en consumo de energía y que supone un quinto de las emisiones globales, por lo que es imprescindible abordar la reducción de emisiones en este sector.

Y por ultimo, tenemos el sector financiero, un reciente informe afirmaba que el G20 debía redoblar esfuerzos en las inversiones en energías renovables, pero además es imprescindible multiplicar por 10 el capital global que actualmente se invierte en apoyar iniciativas frente al cambio climático.

Queda claro que la tarea no es fácil, ni tenemos demasiado tiempo para llevarla a cabo si nos tomamos en serio que en 2020 las emisiones deberían de estar ya bajando. Pero hay más.

Un reciente estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences concluye de forma contundente que estamos ante la sexta extinción de especies vivas. La actual pérdida masiva de fauna es una aniquilación biológica, y los propios científicos llegan a definirlo como un “ataque alarmante contra los fundamentos de la civilización humana”. Las cinco extinciones masivas anteriores, que se han producido a lo largo de la historia de la Tierra, se debieron a cambios drásticos en las condiciones de vida del Planeta. En la actualidad, sin embargo, es el ser humano quien está causando la gran extinción animal. La destrucción del hábitat, la introducción en los ecosistemas de especies exóticas invasoras, la sobrexplotacion de los recursos hídricos, la expansión urbanística, los incendios forestales, las prácticas agrícolas intensivas, la utilización de sustancias químicas nocivas, la caza indiscriminada de especies, la contaminación de las aguas, los plásticos en el medio marino… Son tantas nuestras acciones que tienen como consecuencia el declive de la biodiversidad, que es profundo y urgente el cambio que tenemos que acometer en nuestro modo de vida si queremos frenar este drama.

Y por último me refiero al deterioro de los mares: también los océanos han dicho basta. La Conferencia de los Océanos organizada por Naciones Unidas, y celebrada en Nueva York en junio de este año, puso de manifiesto que la contaminación marina de todo tipo, la acidificación y el aumento de la temperatura de las aguas debido al cambio climático, y la sobreexplotación de los bancos de pesca, están llevando a los océanos al límite. Recientes estudios ponen de manifiesto que, de no cambiar las cosas, para 2050 en los mares del mundo habrá más plásticos que peces. Así que los mares, que cubren la mayor parte de la superficie de nuestro Planeta, y que fueron el origen de la vida, se encuentran también gravemente amenazados por la actividad humana.

La situación es extrema. La crisis ecológica se ha agudizado en los últimos años, y ya no hay rincón del Planeta o especie viva que sea ajena a esta urgencia. Los informes científicos son abrumadores e incuestionables en aspectos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la degradación de los océanos. Es necesario actuar, y hacerlo en todos los frentes. Y sin duda la acción política es imprescindible, y lo es desde el nivel local, al nacional e internacional. En las instituciones públicas se toman cada día decisiones que afectan a este futuro, sin que en muchos casos nadie cuestione aquellas que agravan la crisis ecológica. Precisamente esta situación es la que nos llevó a algunos activistas en 2010 a dar el paso a la política y fundar EQUO, ahora presente en Unidos Podemos y en muchas de las candidaturas municipales que están trayendo el cambio a nuestras ciudades. Y en ello seguimos con más convicción si cabe.

Sin embargo, las turbulencias de la política nos hacen a menudo perder el foco de la crisis ecológica que vivimos, y nos llevan a atender y dedicar demasiado tiempo y esfuerzo a cuestiones partidistas, que nos frenan y nos impiden dedicarnos a aquello para lo que nacimos. Discusiones estériles que poco o nada aportan a la lucha contra la crisis global. Un modelo depredador, que sólo considera el beneficio económico inmediato, está en la raíz de la situación crítica que vivimos, pero sólo podremos cambiarlo haciendo frente a cada uno de los proyectos depredadores de recursos y personas en los que se concreta cada día. Perdernos en debates estériles no conseguirá impulsar cambios.

Necesitamos un ecologismo de emergencia que haga frente a estos problemas de manera decidida, sin desviarse de los objetivos marcados. Cada paso que demos debe tener una meta concreta para frenar la crisis ecológica que compromete la supervivencia del ser humano sobre la Tierra. El plazo es corto y el objetivo demasiado ambicioso. Pero sólo la lucha decidida contra el origen del problema puede sacarnos de esta situación. No hay tiempo que perder.

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