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El blog de Juantxo López de Uralde

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¿De qué hablamos cuando hablamos de transición energética en España?

Los seis años de Gobierno del Partido Popular han supuesto un auténtico desastre para el medio ambiente en nuestro país. Las políticas contra-ecológicas que desarrolló el Gobierno de Rajoy se han llevado por delante las leyes ambientales que se construyeron a lo largo de los años democracia. Urge salir del túnel y construir las nuevas políticas ambientales que hagan frente a las grandes crisis ecológicas del siglo XXI: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

España es especialmente vulnerable al cambio climático, que está afectando ya a recursos claves para nuestra economía como la disponibilidad de agua, los recursos pesqueros o la fertilidad del suelo. El aumento de la desertificación amenaza especialmente amplias zonas del sur y sureste de la Península Ibérica. Los datos que hemos conocido sobre el nuevo récord de temperatura, registrado en Argelia hace sólo unos días, no dejan margen para el optimismo, y nuestra posición geográfica limítrofe con África debería ser una advertencia suficiente. En este contexto los años de inacción son inexplicables. Ahora hay que recuperar el tiempo perdido.

La lucha contra la crisis ecológica debe ser global, pero nada justifica que nuestro país con un enorme potencial en el desarrollo de las energías renovables se haya quedado parado durante casi una década, poniendo obstáculos al desarrollo de las energías limpias. En este tiempo España se ha desplomado en el ranking europeo de energías renovables, pasando del segundo lugar al decimosexto. Ahora hay que revertir esta situación.

Hasta aquí las malas noticias, ahora las buenas: si hay voluntad política y consensos suficientes muchas de las políticas que nos han traído aquí pueden revertirse. Esto es especialmente cierto en materia energética. Desde la entrada con fuerza de la energía eólica hace ya unos años, el mix energético no ha variado sustancialmente. Quizás el cambio más notable en los últimos años haya sido un aumento del peso del carbón en la generación eléctrica, que ha tenido como consecuencia el aumento de emisiones del 4,4% en 2017.

Parece haber un amplio consenso político sobre la necesidad de una Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Pero ese presunto consenso puede también ser un espejismo, ya que bajo ese título cabe casi todo, como hemos visto con la reciente presentación, por parte del exnegacionista del cambio climático Rafael Hernando, de una PL del Partido Popular. Es imprescindible que esa ley sea ambiciosa y contemple objetivos que vayan mucho más allá del mandato de la Unión Europea; que sea transversal y afecte a todos los sectores que tienen incidencia en las emisiones de gases: energía, transporte, edificación, agricultura y ganadería, industria y urbanismo; y que sea socialmente justa, desterrando la pobreza energética y apoyando modelos de transición social en las comarcas que se puedan ver afectadas por los cambios.

Desde mi punto de vista hay elementos imprescindibles que debe contener esa ley. En primer lugar el reconocimiento de que el actual mix energético sigue siendo inadecuado y que hay que avanzar hacia un modelo 100% renovable. A estas alturas seguir discutiendo la necesidad del cierre del carbón o de la nuclear, de la cual hoy Teresa Ribera ha confirmado el cierre tras 40 años de vida útil de las centrales, nos aleja de esa Transición Energética. ¿Decimos todos lo mismo cuando hablamos de transición energética? ¿Queremos llegar todos al mismo punto? Esto es lo primero que debemos clarificar. Llegar a un modelo renovable supone también apostar por una descentralización de la energía, por el acceso universal a la misma para todas las personas y por su democratización. Es un modelo opuesto al actual oligopolio que domina actualmente el mercado energético español, pero que es ecológicamente beneficioso, socialmente ventajoso y tecnológicamente posible. Eso sí, quizás no asegure asientos en consejos de administración.

Ahora el Gobierno del PSOE tiene la posibilidad de dar los pasos necesarios para ese cambio de modelo energético. El debate está abierto, pero es urgente actuar. Sabemos a dónde queremos llegar y sabemos cómo hacerlo. No perdamos más tiempo.

 

(Artículo publicado en eldiario.es)

Sube el petróleo mientras Rajoy toca el violín

En lo que se refiere a cuestiones energéticas, el Gobierno de Rajoy tiene la memoria corta, y por eso no parece preocuparle demasiado el incremento en el precio del petróleo, que ha alcanzado ya los 75 dólares/barril. No parece ese dato tampoco hacer mella en un Gobierno cuyo interés por el desarrollo de las alternativas energéticas renovables tiende a cero, y al que tampoco  la crisis ecológica le importa. No sorprende por tanto que en los presupuestos generales recorten los fondos destinados a la lucha contra el cambio climático, mientras el petróleo recupera su tendencia alcista . Quizás se pregunte usted qué tiene que ver una cosa con la otra. Lo voy a tratar de explicar.

Empecemos recordando que los máximos en el precio del petróleo se alcanzaron en 2008, precisamente en pleno hundimiento de la economía española: el barril Brent alcanzó su máximo, que el 15 de julio de 2008 llegó a hasta su récord histórico absoluto en 145 dólares. Han pasado diez años ya, pero la relativa tregua para nuestra economía de los bajos precios del petróleo no ha sido aprovechada para impulsar las energías renovables.

En España no tenemos petróleo; pero tenemos mucho sol y mucho viento. Sin embargo en estos años las políticas de impulso a las renovables han estado absolutamente paralizadas, a pesar de que todos sabemos que los bajos precios del petróleo son una cuestión puramente temporal. Parece que no hemos aprendido nada de la crisis, y nuestra economía sigue tan vulnerable a los precios del petróleo como lo fue en 2008. ¿Acaso hace falta recordar la situación económica que vivimos en aquellas fechas en este país, y las consecuencias sociales que tuvo de las que aún no nos hemos recuperado?

España depende energéticamente del exterior  en un 72,3%, 20 puntos por encima de la media de los países de la UE. El 100% del petróleo que consume la economía española es importado, por lo que cualquier subida  en el precio tiene impactos devastadores sobre nuestra economía. Llama la atención por ello la falta de previsión que esta mostrando el Gobierno para reducir nuestra dependencia del crudo.

La mayor parte del consumo de petróleo en España se utiliza para el transporte, sector que cada vez tiene más peso en el conjunto de las emisiones. Tradicionalmente se argumentaba que impulsar las renovables no tendría impacto sobre el consumo de petróleo al ser usado sobre todo en transporte, pero ese paradigma ya no es cierto: la electrificación del transporte es una estrategia clara para reducir esa dependencia. El consenso sobre esta estrategia en materia de lucha contra el cambio climático es amplio, e incluso la recoge el informe de los técnicos del ministerio de industria, pero es que no se está haciendo… Pero claro, para ello sería necesario tener una estrategia y una Ley para combatir el cambio climático, algo que desgraciadamente no existe en España.

Así que la nueva subida del petróleo nos devuelve a la incertidumbre. Hemos perdido otros diez años más. Ni la grave crisis ambiental en que estamos inmersos, ni el objetivo de reducir nuestra dependencia energética exterior han sido suficientes para mover la política energética española, cuyos responsables siguen más atentos a mantener los intereses del oligopolio energético que de defender el interés común que, en este caso se debería concretar en la reducción de  la dependencia energética exterior. Tenemos viento y tenemos sol… ¿a qué están esperando?

 

(Artículo publicado en Ecologismo de Emergencia)

Chernóbil, 32 años después

Las alarmas saltaron en el norte de Europa en los últimos días de abril de 1986, cuando se detectaron índices anormalmente altos de radiactividad. La Unión Soviética no había informado de que el 26 de abril el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, había saltado por los aires. Solamente cuando era imposible mantenerlo en secreto, el gobierno de la URSS tuvo que reconocer que había sufrido un grave accidente nuclear. El más grave que se había registrado hasta entonces, aunque no el primero. La memoria de Chernóbil se mantiene viva 32 años después, porque simboliza la cara más negra de la energía nuclear, la del accidente más grave posible.

El accidente de Chernóbil tuvo efectos devastadores. La nube radiactiva se extendió por toda Europa. En un primer momento tuvieron que ser evacuadas más de 120.000 personas de la zona afectada, pero todavía hoy la zona de exclusión de 30 kilómetros continúa deshabitada. En el momento de la explosión se produjeron 31 víctimas mortales, pero la cifra final es mucho mayor, ya que en la limpieza participaron entre 600.000 y 800.000 “liquidadores”, muchos de los cuales murieron sin ningún reconocimiento como victimas.  La cuestión de las víctimas ha sido objeto de un blanqueo para el lavado de imagen de este terrible accidente.

La historia que más me impresionó siempre de Chernóbil es la de los liquidadores. En las primeras semanas la URSS movilizó a decenas de miles de personas cuya función era entrar en la zona del accidente durante unos pocos minutos para echar arena en el reactor. Los primeros días lo hacían desde helicópteros, pero luego subían corriendo al techo del reactor, echaban la arena dentro y volvían corriendo. Se calcula que entre 600.000 y 800.000 personas hicieron ese trabajo. Es imposible cuantificar cuántas de ellas murieron por exposición a la radiactividad, pero sin duda fueron decenas de miles. Por eso no es admisible esos intentos de minimizar el número de víctimas. Debido a ese blanqueo de imagen, los liquidadores nunca han tenido ningún reconocimiento ya que de haberlo tenido habría que haberlos cuantificado como víctimas. Fueron héroes anónimos y silenciados para siempre.

Coincide este 32 aniversario con el anuncio del Gobierno español de alargar la vida de las nucleares hasta los 60 años. Se trata de una propuesta que olvida interesadamente que el riesgo de incidentes en las centrales nucleares aumenta progresivamente a partir del momento en que cumple el tiempo para el que fue diseñada. Las centrales nucleares son viejas, y cada vez tienen mayor número de incidentes. En la última comparecencia del Presidente del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) en el Congreso, quedó en evidencia el alto número de incidentes que sufren las centrales nucleares españolas. El récord se lo llevaba Cofrentes, con 10 incidentes en 2017, pero ninguna central nuclear se ha visto exenta de incidentes en los últimos años.

En contra de lo que defienden sus defensores, la energía nuclear no es limpia. Las nucleares producen residuos radiactivos con una larga vida y cuya gestión, hasta ahora fundamentalmente almacenamiento, sigue siendo un problema sin resolver. Además, Chernóbil está ahí para recordarnos las consecuencias de un accidente nuclear.  La energía nuclear no es una apuesta peligrosa, y el alargamiento de la vida útil de las centrales supone someter a las personas y al medio ambiente a un riesgo desde mi punto de vista inaceptable.

España cuenta con abundante energía renovable. Tenemos mucho sol y mucho viento, así que no tiene sentido que estemos sometidos al riesgo nuclear, ni a la quema de combustibles fósiles.  Chernóbil nos recuerda que el camino nuclear es un callejón sin salida.

 

(Artículo publicado en Ecologismo de Emergencia)

Urge un cambio de modelo energético

Esta semana se ha conocido el informe del grupo de expertos establecido para asesorar sobre el contenido de una futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Había mucha expectación sobre lo que este grupo pudiera decir, aunque sus propuestas hay que enmarcarlas en un amplio debate que se está produciendo sobre el futuro energético en el actual contexto de cambio climático. Así, este informe se suma a los presentados recientemente por Greenpeace y también al documento del Observatorio Crítico de la Energía. El Comité estaba constituido por 14 expertos, tres de los cuales emitieron votos particulares y se abstuvieron en la votación final.

La primera conclusión común que podemos sacar del conjunto de documentos sobre energía que se vienen conociendo últimamente es que el futuro energético español debe basarse en las energías renovables. Sobre esto ya no hay discusión entre los expertos, y supone un primer paso importante, ya que para avanzar hay que saber dónde se quiere llegar. En este caso el consenso de que la transición energética debe dirigirse hacia un modelo 100% renovable es total; las diferencias emergen sobre cómo debe realizarse ese proceso, y cuáles deben ser los objetivos a 2025 y 2030.

Sin embargo, la cuestión a día de hoy es que hay serias dudas de la voluntad del Gobierno para presentar una Ley contra el cambio climático en esta legislatura. En su última intervención ante el pleno del Congreso, el ministro álvaro Nadal advirtió de que no habría Ley hasta que la Unión Europea hubiera aprobado las suyas pero, en realidad, se trata de la última excusa del Gobierno para no cumplir con una promesa que hizo Rajoy en 2016 y que se sigue retrasando, generando con ello un profundo malestar en muchos colectivos de sectores muy diversos. Precisamente el informe del comité de expertos fue encargado para dotar de contenido a esa Ley, cuya elaboración ahora parece alejarse en el horizonte. En todo caso merece la pena profundizar en el documento.

El informe aborda en ocho capítulos sus distintas propuestas de política energética. Aunque todos son de interés, desde mi punto de vista lo más importante es el análisis de los escenarios que plantea, y sus propuestas en materia fiscal para abordar el cambio de modelo energético.

Muchas de las propuestas que realizan son compartidas, y suponen una profunda crítica a la actual política energética del Gobierno: cuestionan, por ejemplo, el “impuesto al sol” que ha frenado el desarrollo del autoconsumo eléctrico, y también ponen el solfa en el interés de las interconexiones con Francia impulsadas desde el Gobierno. También abogan por la reducción de la demanda final de energía, hace una apuesta clara por la electrificación del transporte y aborda la necesidad de una transición justa para aquellas comunidades afectadas por el cierre de alguna instalación. Hasta aquí los consensos, que por cierto, no son pequeños.

Veamos donde emergen las mayores discrepancias. En primer lugar el objetivo elegido de alcanzar un 27% de energías renovables está muy lejos del propuesto por el Parlamento Europeo, que apostaba por un 35%. Desde mi punto de vista, España es un país que debe ser muy ambicioso en cuanto a sus objetivos renovables, porque si alguna fuente de energía tenemos es sol y viento. Un objetivo poco ambicioso en energías renovables condiciona el resto de los escenarios, ya que al no cubrirse la demanda con renovables, deben entrar en juego otras fuentes de energía.

Ciertamente el comité de expertos es bastante explícito con el carbón, al que le da poco tiempo de vida en base a una futura subida del precio del CO2, pero no ocurre lo mismo con la energía nuclear, y seguramente sea el punto de mayor. Básicamente, sostiene que sin alargar la vida de las nucleares aumentarían las emisiones y se encarecería el precio de la energía, algo que otros informes recientes como los mencionados de Greenpeace o el Observatorio Crítico de la Energía desmienten.

Da la sensación que mientras en el largo plazo hay un amplio consenso sobre el futuro 100% renovable, sin embargo se quiere llevar el debate sobre el corto plazo a un: nuclear sí/nuclear no. En realidad este extremo sería pedir la sociedad que elija entre dos riesgos, ambos inaceptables, riesgo nuclear versus riesgo climático. Es aquí donde la discrepancia es más fuerte, ya que es posible abordar la necesaria transición energética prescindiendo también de la energía nuclear. Nadie dice que sea fácil, pero es técnicamente posible. Se trata de tener voluntad política para alcanzarlo.

Pero esa voluntad es la que falta por parte del Gobierno. No se atisba a corto plazo que, a pesar de las evidencias de que el cambio climático está aquí y azotando fuerte, vaya a poner sobre la mesa esa prometida Ley de Cambio Climático y Transición Energética. En todo caso el debate está en la sociedad, y el avance hacia un nuevo modelo energético es ya irreversible. La resistencia del Gobierno no podrá frenar ese cambio que ya está en marcha.

 

(Artículo publicado en El Español)

El falso dilema de los expertos de Nadal: ¿catástrofe climática o catástrofe nuclear?

Las Cumbres del Clima tienen la virtud de que fuerzan a los gobiernos a hacer o decir cosas contra el cambio climático en las que en realidad no creen. El ambiente que crean hace que ningún líder quiera quedar atrás, y todos se apuntan a ser campeones del clima.  Es lo que le pasó a Rajoy en la Cumbre de Marrakech, hace ya 16 meses: puesto a proponer,  prometió la elaboración en España de una Ley contra el Cambio Climático. Lo cierto es que es una herramienta muy necesaria, y por ello levantó importantes expectativas en muchos sectores que hoy se están viendo decepcionadas. Mediada ya la legislatura ni siquiera hay un borrador de Ley encima de la mesa, ni voluntad del Gobierno de sacarla adelante, así que todo apunta ya a que aquella promesa no va a cumplirse.

En su última intervención en el Parlamento, el ministro Nadal advirtió que no habrá ley de cambio climático en España “hasta que no esté aprobada la normativa comunitaria”, lo cual es una excusa barata, porque numerosos países europeos cuentan ya desde años con leyes para abordar en el su contexto nacional la problemática del cambio climático. Mucho más urgente lo es en España, que somos un país víctima en primera línea del cambio climático.

Mientras los impactos del cambio climático se aceleran, las políticas se frenan. Esta es la triste paradoja. A este paso de incumplimientos, el Acuerdo de París va a acabar pareciendo un ejemplo de ambición, cuando todo el mundo estuvo de acuerdo en que es un mínimo del que partir, y no una meta a la que llegar.

Entre las múltiples interferencias para no llegar a tiempo a elaborar esa prometida Ley de Cambio Climático y Transición Energética, el ministro Nadal propuso un grupo de expertos que dictaminaran cómo debía ser esa presunta Transición Energética. Pues bien, el grupo de Nadal ya ha hablado: el denso informe se conoció este lunes 2 de abril.

El documento de más de 500 páginas aborda por capítulos los diferentes elementos que según consideración de ese grupo de expertos (con mayoría de los designados por el propio ministerio) deben tenerse en cuenta.

Aunque hay muchos elementos interesantes en el informe, desde mi punto de vista los capítulos clave son el primero, que tiene que ver con los distintos escenarios para la transición energética, y el relativo a los cambios que propone en materia fiscal. Tiempo habrá de analizarlo en profundidad pero ahí va una reflexión de urgencia.

En los escenarios energéticos los técnicos de Nadal hacen una apuesta clara por «sobrepasar el periodo de funcionamiento previsto» como vía para descarbonizar la economía. Lejos de la idea de abandonar a un tiempo el carbón y la nuclear, tal y cómo se ha venido proponiendo por otros informes técnicos recientes como el del IIT para Greenpeace,  los expertos de Nadal apuestan por la nuclear. Para ello utilizan la línea argumental del ministro anunciando que su cierre anticipado elevaría el coste de generación de entre 2.000 y 3.200 millones de euros cada año, aumentaría el precio de la electricidad en un 20% y llevaría a duplicar las emisiones de CO2 en el sector eléctrico. En resumen: la nuclear os salvará del cambio climático. El dilema nuclear vs. cambio climático es un viejo y falso debate, porque no es legítimo obligar a la sociedad a optar entre la catástrofe climática o la catástrofe nuclear. Vaya por delante que nadie propone el cierre “anticipado”, sino que no se alargue su vida útil.

Aunque una vez más se utilice el tema del coste para meter miedo al consumidor ante el cierre nuclear, el propio documento de los técnicos reconoce en otro capítulo que: “La introducción extrema de renovables produciría una reducción muy significativa del coste de generación”. Así que la cuestión clave es que el informe aludido se queda muy corto a la hora de proponer la entrada de renovables en el sistema, para (según reconocen) “no dificultar la rentabilidad de las tecnologías térmicas necesarias para proporcionar la potencia de respaldo a la generación renovable para la operación segura del sistema eléctrico”.

Sepa el ministro Nadal que no vamos a elegir entre la catástrofe climática o la catástrofe nuclear. Se puede avanzar más rápido hacia un escenario sin carbón y sin nucleares.

(Artículo publicado en Ecologismo de Emergencia)

Fukushima 7 años después nos recuerda el riesgo nuclear

 

Se cumplen hoy siete años del accidente nuclear de Fukushima, en medio de los intentos infructuosos del Gobierno nipón para tratar de pasar página de la catástrofe. Los altos niveles de radiación en la zona, la incapacidad para controlar la situación y los vertidos radiactivos continuados al mar hacen que la pesadilla continúe.

La idea de que una catástrofe nuclear puede ser ‘limpiada’, y de que los afectados pueden retomar sus vidas con normalidad es un mito. La realidad es muy distinta: estamos ante escenarios de contaminación a muy largo plazo, y con consecuencias directas sobre la salud y el medio ambiente.

El levantamiento parcial el pasado marzo de las órdenes de evacuación de las localidades de Namie e Iitate, situadas entre 10 y 40 kilómetros de la central de Fukushima, se ha acabado convirtiendo en un escándalo. Con ello se pretende dar una imagen de normalización, pero según Greenpeace, la radiación continúa en niveles “muy por encima de los estándares internacionales”. De hecho, de los 27.000 habitantes de Namie e Iitate solo han regresado unos 950, un 3,5%, según datos del propio Gobierno de la prefectura de Fukushima. Cientos de habitantes de la zona se manifestaban ayer mismo protestando contra la medida del Gobierno japonés.

A pesar de los constantes intentos de minimizar su impacto, el efecto del accidente de Fukushima sobre la salud empieza a hacerse visible: el primer efecto esperado es el incremento de cáncer de tiroides en niños y jóvenes a partir del 3º-4º año del escape nuclear. Pues bien, el primer estudio epidemiológico publicado constata esa realidad: se ha encontrado un aumento del cáncer de tiroides en el área de Fukushima entre 2011 y 2014, que ya es 30 veces superior al resto de Japón.

En realidad, el intento de minimizar la imagen de catástrofe de los accidentes nucleares es una constante por parte fundamentalmente de la industria. Quizás el caso más sangrante fue el intento de dejar fuera de las estadísticas de víctimas de Chernóbil a los cientos de miles de “liquidadores” que participaron en los equipos que actuaron en los primeros momentos del accidente, y que se vieron gravemente afectados por la radiación.

Lo que es evidente es que Fukushima nos recuerda cada día que el riesgo nuclear sigue latente. Es necesaria una transición energética hacia un modelo limpio que prescinda de las nucleares y transite hacia la descarbonización. El reto no es fácil, pero es mucho lo que nos jugamos.

(Artículo publicado en Ecologismo de Emergencia)

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