En la Cumbre de Río de Janeiro en 1992 hace ya casi 25 años, la humanidad se puso de acuerdo en que el Cambio Climático es un problema muy grave, y que había que hacerle frente de manera urgente. Como consecuencia de aquel acuerdo se puso en marcha la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) que daba inició a un proceso multilateral de negociaciones para hacer frente a este grave problema, y cuyo principal objetivo es reducir las emisiones globales. A pesar del largo proceso de negociaciones internacionales, las emisiones no han parado crecer desde entonces. Hemos pasado de unas emisiones globales de CO2 de 21Gt CO2 en 1992, a las actuales de 33 GtCO2. La concentración de CO2 en la atmósfera no ha parado de crecer, hasta llegar a las 400 ppms, ya en el límite de las advertencias científicas.
En 1997 se firmó el Protocolo de Kioto, pero no entró en vigor hasta 2005. La Cumbre de Copenhague de 2009 se quedó en un rosario de promesas no vinculantes, y arrastró a la lucha contra el cambio climático a un descarrilamiento del que tardo 5 años en recuperarse. La situación no ha dejado de agravarse.
Por fin se llega a París en 2015. Y se firma un acuerdo que nosotros consideramos necesario, pero no suficiente. Necesario, porque solo una herramienta global multilateral puede hacer frente de manera eficaz contra el cambio climático, pero insuficiente porque aunque se cumplieran los compromisos adoptados por los gobiernos en el marco del Acuerdo de París todavía estaríamos en un escenario de calentamiento superior a los 3ºC.
Las evidencias científicas de que nos acercamos a un cambio climático catastrófico son abrumadoras. De ahí la necesidad de actuar de forma urgente para intentar frenar esta tendencia. Nos acercamos ya peligrosamente a una línea roja que en ningún caso debemos pasar.
El Acuerdo de París establece que hay que hacer todo lo posible por evitar un calentamiento por encima de los 2º C, y a ser posible debe evitarse que la temperatura aumente por encima de 1,5ºC. La paradoja es que es vinculante en el objetivo global, pero no en los objetivos para cada país.
La irrupción del negacionista Donald Trump como próximo presidente de Estados Unidos ha proyectado una sombra negra sobre el Acuerdo de París. Sin embargo la reciente Cumbre de Marrakech ha puesto de manifiesto que, a pesar de todo el daño que puede hacer Trump a la lucha contra el cambio climático, la marea global es ya imparable.

Denunciamos que la pasividad del gobierno español ha hecho que el Acuerdo de París llegue tarde para su ratificación a este Parlamento: cuando ya ha sido ratificado por más de un centenar de países, y ya está en vigor desde el 4 de noviembre, llevándonos a la irrelevancia internacional. Llama la atención que el mismo gobierno en funciones que se negó a traer al Congreso el Acuerdo de París, si autorizó la firma del CETA (Acuerdo de libre comercio entre Canadá y la UE). Al parecer no hay la misma voluntad política para luchar contra el cambio climático que para defender el libre comercio.
Por cierto que la voluntad política en la lucha contra el cambio climático se demuestra actuando. Y en 2015 las emisiones de gases de efecto invernadero subieron en España un 3,5% nada menos. Una muestra más de esa falta de voluntad política.
Vamos a votar a favor de la ratificación del Acuerdo de París en la convicción de que es imprescindible seguir adelante en este proceso, pero también advirtiendo de la necesidad de que aumente la ambición y se revisen al alza los compromisos de mitigación. Estamos convencidos de que la marea global para el cambio de modelo energético ya no tiene marcha atrás, y que debemos trabajar para acelerarla.
Es necesario que esa acción global se concrete cuanto antes en medidas concretas en cada territorio. Por ello es imprescindible desarrollar en nuestro país herramientas legales para el cumplimiento de esos acuerdos globales. Por ello abogamos por la aprobación cuanto antes de una Ley contra el Cambio Climático que establezca unos objetivos y una hoja de ruta para nuestro país. Ya otros países de nuestro entorno europeo como el reino Undio, Francia o Finlandia, cuentan con leyes específicas contra el cambio climático.
Una ley de cambio climático debe alinearse con las advertencias científicas ya recogidas en el Acuerdo de París. En concreto es imprescindible contemplar el objetivo de que las temperaturas globales no aumenten por encima de 1,5 º C, y en ningún caso puedan superar los 2 ºC
La ley debe abordar tanto la mitigación (reducción de emisiones), como la adaptación a los impactos del cambio climático. La región mediterránea es especialmente vulnerable a los efectos del cambio climático, razón de más para actuar.
En nuestro país 75% de la energía que consumimos proviene fundamentalmente de hidrocarburos. En nuestro caso la lucha contra el cambio climático coincide con el objetivo estratégico de reducir la dependencia energética exterior.
España tiene ya unas obligaciones concretas en el marco de la Unión Europea, que debe cumplir en todo caso. Pero esta ley no puede limitarse a reproducir los objetivos establecidos ya por la UE sino que debe ser más ambiciosa, de ahí que planteemos un escenario de emisiones cero para el año 2050.