Recuerdo muy bien cuando en el año 2009 Obama recibía un prematuro Premio Nóbel de la Paz. El presidente de Estados Unidos hacía escala en Oslo para recibir el premio en su viaje hacia Copenhague, donde se celebraba una cumbre histórica contra el cambio climático. Las expectativas eran muy altas: Obama llevaba poco tiempo en el cargo, y el mundo esperaba que en la recepción del Premio Nóbel, el presidente de Estados Unidos adoptara un posicionamiento claro de lucha contra el cambio climático. No lo hizo. Su discurso fue decepcionante.

La falta de compromiso de Obama contra el cambio climático propició el fracaso de la Cumbre de Copenhague. Si hasta aquel 10 de diciembre en que recibió el Nóbel todo era esperanza y optimismo, a partir de aquel día cundió el desánimo, que anunciaba lo que se convirtiría en un fracaso espectacular. El presidente de Estados Unidos tuvo una enorme responsabilidad en el desacarrilamiento del proceso internacional de lucha contra el cambio climático que siguió a la reunión en la capital danesa. Desde entonces, el proceso en el marco de Naciones Unidas no ha podido levantar cabeza.

Ahora, y en medio del mayor escándalo de espionaje internacional, Obama vuelve sus ojos al problema del cambio climático